El camino fue arduo, pero la alegría es desbordante

 

Jesús vive en su pueblo natal en el País Vasco. De salud bas­tante frágil, vivió sobre todo en diversas fraternidades de Espa­ña, pero su camino no fue nada fácil. Por diversas razones tuvo que vivir solo como hermano durante períodos bastante largos. Esta sigue siendo su situación actual, pero vivida con un amor profundo hacia sus hermanos y la Fraternidad.

Un amigo le ayudó a Jesús a escribir este diario en forma de pregunta-respuesta:

 

¿Cómo conociste la Fraternidad, una congregación descono­cida para ti, cuando había otras formas de vida consagrada cuya tradición era bien conocida en Euskal Herria (País Vasco)?

 

Tenía 33 años y for­maba parte de un mo­vimiento de Acción Católica, la JOC. Su dirigente era un sacer­dote que había partici­pado en un retiro en Arantzazu con un grupo que seguía la espiritua­lidad de Carlos de Fou-cauld. Me dijeron que

mi vocación era la de hacerme  hermanito. Más tarde recibí boletines acerca de la vida en las fraternidades de hermanos y sentí que me sería físicamente difícil, pero final­mente me decidí y me fui al noviciado de Farlete donde Xavier era el responsable.

 

Tu vida en la fraternidad se desarrolló en distintos sitios: Fran­cia, España, País Vasco, que han sido caminos de búsqueda con los inconvenientes encontrados: enfermedad, cansancio, vida en común. El trabajo duro en el campo en Farlete durante el Noviciado te agotaba, los 5 años que aguantaste en Annemas-se, luego en Toulouse. Sin entrar en detalles, ¿cómo has hecho para responder a la vocación a través de estas situaciones?

 

Con estas dificultades, mis fuerzas disminuían y pedía a Dios que me diera fuerzas para resistirlo. Pero continuaba debilitán­dome hasta el punto de que ya no podía más, me sentía inútil, y me fui a vivir durante un año en una ermita cerca de Marsella, cuidado por los hermanos que me traían la comida.

 

Jesús, tú no has viajado mucho, has escrito muy poco en los diarios, muchos hermanos casi no te conocen, sobre todo los jóvenes de la Fraternidad. Sin embargo, no te sientes ni un des­conocido, ni solo, porque tienes un sentido muy fuerte de la Fra­ternidad, tú sufres con la Fraternidad, y a la vez estás contento con ella y he aquí que llegas a los 90 años. Con todos tus lími­tes, te sientes seguro de tu vocación de hermano en la Fraterni­dad, percibiendo el valor del amor en todo lo que hace la vida, en todo y por todo. Es así como tú manifiestas tu fe, a través de la alegría que expresas en tus comunicativas risas.

Continuemos tu trayectoria en la Fraternidad. Te fuiste a Madrid, a Vallecas, donde al principio eras un hombre disponible para todas las tareas de la casa y de la cocina. Pero también aspirabas a encon­trar un trabajo asala­riado, según el ideal de la vida de Naza­ret. Explícame cómo pasó.

 

Me puse a apren­der el oficio de relo­jero con Ernesto, un hermano que estaba en Farlete, y me ga­naba la vida así, y así me conocían en el barrio: “el reloje­ro”, iba a comer al mediodía a un pequeño restaurante. En este barrio de Lavapiés

(Madrid), donde viví solo, en un pequeño piso bastante lejos de donde vivía José Ángel con otros hermanos. Viví así varios años y me encontraba bien y contento. La decisión de José Ángel de dejar la Fraternidad me afectó mucho y fue así como me planteéla cuestión de volver al País Vasco, donde un gran amigo desiempre, Juanjo que vivía en Rentería. Los dos compartimo mucho cuando se quedó viudo, me pro­puso ir a vivir con él y con su hija Raquel. Juanjo estaba muy implicado con la fra­ternidad y él mismo había pensado ser hermanito de Jesús. Propuse esta idea al responsable que aceptó que volviera al País Vasco (Pasajes de San Juan) y fue un tiempo feliz hasta la muerte de Juanjo. Este fue un momento duro para mí porque además de la pérdida, el sentido de la muerte se convirtió en un drama para mí. Antes de su muerte nos decía: “Que la misa de difuntos de mi entierro sea una misa de Alegría Gloriosa”

 

Frente a esta nueva situación, su hija Raquel se fue a vivir con su tía y yo me fui a Rentería a vivir en la casa de mi familia, don­de vivían mi hermano Pedro con su mujer y sus tres hijos. No fue fácil vivir con mi hermano que tenía un carácter fuerte, aunque más generoso que yo, era muy autoritario. Ante esta situación, pensé irme a otro sitio para alejarme de él. Incluso pregunté a mi cuñada: “¿Cómo haces para aguantarlo?” y su respuesta fue cla­ra: “Pues, ¡porque lo amo!” Esta respuesta me abrió el corazón y me ayudó a aceptar a mi hermano tal como era. Bastantes años después mi hermano Pedro murió y me sentí destinado a ser un buen compañero para mi cuñada Nieves en la realidad que le tocaba vivir a ella. La quería, como mujer que es, con ternura, sin traumas afectivos para mi corazón comprometido con el ce­libato. Y todo esto con la ayuda de mi homónimo Jesús así con­tinúo hasta hoy y todo va bien, gracias sean dadas a Dios.

 

Un abrazo fraterno a todos, a los hermanos con quienes he compartido mi vida: A los jóvenes diciéndoles ¡ánimo! y a todos los demás un caluroso saludo.

 

¡Para mí el sentido de la vida es el amor y sólo el amor!