Filipinas

De Xavier (Filipinas)

Durante mi estancia en Filipinas, el tiempo ha pasado muy deprisa, había tantas cosas que hacer: Estudiaba en una escuela coreana, cada día teníamos que andar una hora para llegar a ella. Éramos muchos estudiantes de muy diferentes partes del mundo que recibíamos dos tipos de cursos con horarios distintos y que escogíamos según nuestras necesidades. Los cursos podían ser “personalizados” o en “grupo”. En cuanto a las enseñanzas recibidas, había cursos únicamente para aprender a hablar, otros para leer, cursos para escribir y cursos de gramática. Al final se daban también cursos de informática.

 

Los profesores eran muy competentes, adaptaban su enseñanza al nivel de los estudiantes. El objetivo era que lo enseñado se correspondiera con el nivel de cada uno. Trac y yo estábamos en el mismo curso, algunos meses más tarde vino también Edgar de Cuba. Participé en el cuso solamente durante 5 meses. Al principio me fue difícil comprender la manera en que la gente hablaba inglés porque hablaban muy rápido y la pronunciación era muy diferente de la que se habla en la India. Tuve que tener paciencia y tras dos semanas me acostumbré. Llegué a hablar casi con su acento, aunque no del todo.

 

Asistíamos 5 días a la semana durante 3 horas que eran siempre por la mañana. Mi curso era personalizado, elegí este tipo de curso porque quería aprovechar al máximo y aprender lo más rápido posible. Tenía tres tipos de clases de una hora cada una: La primera debía escribir y a continuación hablar sobre lo que había escrito, la segunda tenía que escribir y a continuación explicar lo que había escrito teniendo en cuenta las reglas gramaticales y la tercera hora se trataba de escribir un texto personal sobre los temas propuestos que eran muy variados y había que presentarlo el mismo día. Los cursos eran muy buenos te ponían “notas” todos los días.

 

Para mí fue estupendo para aprender a escribir bien porque tenía que escribir al menos cinco redacciones cada día (durante el curso he escrito más de 80). En mi vida había escrito tanto.

Debo decir que estoy muy contento de haber hecho este curso y quisiera agradecer a los hermanos de Filipinas y a los de la fraternidad general el haberme ofrecido esta posibilidad.

Quiero dar las gracias a mis hermanos de Filipinas que nos han abierto su fraternidad. La casa es pequeña, pero el corazón de los hermanos es grande. Bernard se ha desvivido por nosotros a pesar de su edad. De cuando en cuando se iba a Lipa para dejarnos más libres en la fraternidad y así poder hacer un poco más de ruido en la casa. Él tiene la costumbre de acostarse a las 20h y, claro está, debíamos hablar bajito cuando estaba allí. Quiero agradecerle su comprensión sobre nuestras necesidades como hermanos estudiantes.

 

Quiero agradecer también a Joseph el habernos cuidado tan bien, puso todo su afán para que nos encontráramos a gusto en la casa, en el barrio y nos ayudó en los estudios cuando nos hacía falta. Echaba una mano especialmente a los hermanos vietnamitas, dándoles clases particulares, ya que ellos encontraban el curso especialmente difícil. Se ocupaba de nuestra comida, dos veces por semana iba al mercado de madrugada, lo que debía ser muy duro para él.

Quiero también agradecer de todo corazón a los hermanos de Lipa (Patring y Maning) por habernos ayudado de mil maneras.

La experiencia de la vida fraterna

 

Nunca me habría imaginado que la casa pudiera ser tan pequeña. No había ninguna habitación para nadie, mi cama estaba en medio de un espacio abierto, los hermanos tenían un pequeño espacio sin puerta. La única habitación “como Dios manda” era la capilla. Para mí fue la primera vez que visitaba una fraternidad así, en ella se podía ver todo lo que pasaba, todo lo que hacían los hermanos. Mis hermanos de la India me solían decir que tenía que estar abierto, abierto delante de Dios y también ante los hermanos. Aquí podía ver todo lo que hacían los hermanos, todo estaba abierto, incluso cuando se cambiaban…

 

Creo que es una manera de vivir Nazaret. A veces nos olvidamos de mirar a Jesús, nuestro Modelo Único, que se ha encarnado para que pudiésemos seguirle e imitarle hasta el punto de encarnar sus palabras y sus obras en nuestra vida cotidiana.

 

Como dijo el Hermano Carlos: “La meta de mi vida, es imitar la vida  escondida de Jesús de Nazaret lo más perfectamente posible”. Jesús me ha llamado a imitar su vida  nazarena. No es fácil, pero si quiero seguirle debo aceptar todo lo que me llega, en especial toda clase de sufrimientos. Debo superar estos sufrimientos para seguir a mi Señor de Nazaret como el Hermano Carlos lo siguió. Solamente así puedo crecer en mi vocación.

 

Para mí, la vida de Nazaret es amar a los demás como Jesús nos ha amado. Incluso si no conozco a nadie como aquí en Filipinas, y si nadie me conoce.  Debemos amarnos unos a otros y esto es lo primero cuando pienso en la vida Nazarena, ello tiene una gran fortaleza para reunir a las personas. Compartir lo que tenemos, lo que Dios nos ha dado y hacer que los demás sean más feliz.

La vida fraterna ha sido buena a pesar de algunas experiencias amargas. No me voy a parar en éstas, pero me han ayudado a descubrir cómo debo respetar las culturas de cada uno, el color de su piel, su manera de expresarse, la comida que le gusta etc… Necesitamos tiempo para adaptarnos, para apreciar las diferencias.

“No alcanzamos a decir lo mucho que nos quiere Dios”

 

El amor provoca afectos muy fuertes hacia la persona que nos atrae, de manera ‘romántica’ o incluso sexual. Pero creemos que Dios nos ama sin medida (1Jn 4,11) Su amor invade nuestros corazones y debemos ponerlo en el centro de nuestras vidas para poder amar a los otros como Él nos ama, en particular aquellos que son pobres, aquellos que esperan ser amados, como amigos, como madres, como hermanos o hermanas. Jesús lo hizo así durante su vida terrena y por esto he escogido trabajar como enfermero en el hospital. Creo que haciendo esto, predico la Buena Nueva.

 

El amor de Dios es muy profundo y no puede ser nunca encerrado en un marco. El amor humano no puede ser tan profundo. No podemos medir cuánto nos ama Dios, pero podemos sin embargo medir nuestro amor hacia Él porque somos humanos y nuestro corazón es débil y limitado. La medida de nuestro amor hacia Él se manifiesta en la medida de nuestro amor hacia la gente cercana: vecinos, amigos, parientes… Que el Señor me dé la fuerza de vivir en el mundo mi vocación de Nazaret para poder anunciar la Buena Nueva a través de mi vida cotidiana como un pobre en medio de los pobres de este mundo.