La oración en la vida ordinaria

 

En la misma fraternidad que Régis, MARC (41 años) ha aceptado el ser delegado en una asociación de vecinos del barrio.

 

Lille (Francia)

 

¿Podemos llevar una auténtica vida contemplativa en un compartir la vida concreta con la gente, con todo el lado acaparante de este compartir? Me parece que ése es nuestro desafío fundamental. El riesgo es real: a menudo tengo el corazón y la cabeza llenos de los problemas a los que se enfrentan la gente que encuentro y, como delegado, lleno de preocupación por hacer avanzar las cosas, encontrar soluciones; ¿cómo guardar el corazón libre para Dios?

 

Espero no hacerme demasiadas ilusiones, pero me parece poder decir que el peso de esta vida compartida no me separa de Dios, sino que al contrario es la puerta que me abre a Él.

Sí, las confidencias de los compañeros o de los vecinos, las grandes cosas de las que son capaces y que me maravillan, las injusticias que sufren, las dificultades concretas de la vivienda, del trabajo, los problemas administrativos a solucionar, su dificultad para vivir y su debilidad, todo eso “”que me penetra los poros de la piel”, que me empuja a luchar, que pone en marcha mi corazón y mi cabeza y mi energía, todo eso junto, me conduce a Dios. A menudo son simples gritos hacia Él como el salmista: “¡Señor, te duermes!” o como Marta: “Tu amigo está enfermo”, o como mis amigos musulmanes; “Al hamdu li-llah, Gloria a ti, Señor” Es sobre todo como un  mar de fondo silencioso y vigilante, como una llaga abierta, una especie de cuerda tendida que se despierta y vibra con cada encuentro. No es que sea siempre una solución a buscar, una gestión a hacer, pero siempre hay una parcela de vida que se ofrece, un hombre, una mujer que caminan bajo la mirada de Dios, a menudo sin saberlo: “Señor, mira la vida de tu pueblo”.

 

Creo poder decir que a través de todo eso, en el choque mismo con la realidad que me rodea, hay un encuentro verdadero con el Señor, un descubrimiento del rostro de Dios que voy haciendo poco a poco. El Dios de la misericordia, el Dios amigo de los hombres que tendió siempre su mano al hombre hasta compartir él también nuestra vida; el Dios que no se resigna a la ruptura de la alianza, que no renuncia nunca (Lc 13,5ss), para quien cada fracaso no es definitivo, el Dios de la oveja perdida y del hijo pródigo, el Dios también que tiene horror de la “gente bien” y de lo que está en lo alto (Lc 16,15; Mc 2,15ss)

 

Como miembro de un grupo de hombres, tengo cobardías y defectos; siento los mismos vértigos y las mismas violencias. Hay que estar siempre volviendo a pedir un poco de fuerza. Redescubro la oración en la tentación y la importancia de esas pequeñas cosas del tipo “ascesis” que son simplemente puntos de referencia en las jornadas para volver a tender el corazón hacia Dios; aprecio también cada vez más los espacios de silencio que me q2uedan y sobre todo los momentos de oración por la mañana antes de ir al trabajo cuando el barrio duerme aún y que no estoy demasiado cansado…

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