Hace ya algo más de un año que volví a Lille después de 4 años de “exilio” en Suiza para los estudios. Me gusta este barrio en el que vivimos con Marc desde hace ya 8 años. Es un típico barrio con bloques de apartamentos en la periferia de Lille. Lo elegimos en 1982 por la fuerte presencia de inmigrantes, sobre todo familias de Marruecos y también de Argelia. Los primeros años, intentamos acercarnos a estos extranjeros musulmanes expuestos a tantos rechazos, sospechas, desprecios, de la parte de los franceses con quienes conviven y trabajan, y de la parte de ciertos partidos políticos. Estudiamos el Islam, nos iniciamos en la lengua árabe y se fueron tejiendo unos buenos lazos de amistad y de confianza.

 

A lo largo de los años, nuestros lazos con los franceses del barrio se han multiplicado. Es a menudo entre ellos en donde encontramos las mayores pobrezas. Se trata a menudo, en efecto, de familias de lo que se conoce como Cuarto Mundo, golpeados por la miseria de generación en generación, marcados por el alcoholismo, la fragilidad de los lazos familiares, el analfabetismo, la poca salud, el desempleo, la incapacidad de gestionar un presupuesto, etc. ¡Qué diferencia entre sus hijos abandonados a sí mismos, no sabiendo quién es su padre, y los niños magrebíes que son educados en los principios de su tradición religiosa por un padre y una madre bien presentes en la casa! Cierto es que el desempleo castiga a todos, con sus consecuencias financieras y psicológicas, pero los magrebíes parecen estar mejor preparados para hacerle frente.

 

En todo caso, no se trata de situar a nuestros vecinos en una escala de la miseria, sino de ofrecerles nuestra amistad y recibir la suya, de solidarizarnos con ellos, de vivir con ellos, como hermanos, la acogida del Reino. Presentamos al Padre todo ese peso del racismo, del desempleo, de la exclusión, pero también toda la alegría de la ayuda mutua, de la amistad, de las reconciliaciones.

 

Si hablo únicamente del barrio, de nuestros vecinos es porque desde hace 13 meses estoy con ellos casi a tiempo completo, encontrándome como muchos de ellos, excluido del mundo del trabajo. Empecé por buscar trabajo durante dos meses, visitando insistentemente las agencias de colocación de Lille. Pero, si no tienes una cualificación y no tienes un vehículo, no eres interesante. La sociedad no te necesita, estás de más. Conseguí, sin embargo, 6 veces empleo de mantenimiento, pero esas 6 “misiones” colocadas seguidas no totalizan más que 11 días. Eso se terminó hacia mitad de octubre por un accidente de trabajo: un dedo aplastado por un tonel. Y los cuidados han durado 11 meses: 3 operaciones y más de 100 sesiones de kinesiterapia y apenas fue la semana pasada cuando pude ponerme de nuevo en las filas de los que buscan empleo, volver a visitar las agencias de colocación provisional, los pequeños anuncios, etc.

 

Todo eso, imprevisto, no programado, sufrido, puede ser visto como un regalo de la Providencia. Fueron unas condiciones ideales, en efecto, para conocer y vivir la vida cotidiana de nuestros vecinos. Porque me encontraba en una situación parecida a la de nuestros vecinos cuya vida no está condicionada por el trabajo: parados, inválidos, jubilados, amas de casa, jóvenes que trabajan raramente en trabajos siempre precarios, jóvenes descorazonados que no buscan ya un empleo… Intenté entrar poco a poco en lo que hacía su vida cotidiana: esperanzas de un trabajo, esperas de un ingreso de dinero, inquietudes, desencanto, alegrías que vienen de los hijos, preocupaciones a fin de mes, gastos descontrolados a primeros de mes, problemas familiares, largas colas ante ventanillas hostiles pero vitales, y las numerosas formas para tirar adelante a pesar de todo. Me sentí a menudo extranjero en este universo, pero poco a poco las gentes me introducían, me acogían. Me sentí conmovido por esta acogida, por la ayuda recibida para llevar adelante diversas gestiones necesarias para mi situación. Estaba impresionado de ver en algunos el vacío de sus jornadas: se aburren, no encuentran ocupación, adquieren una asombrosa capacidad para permanecer sin hacer nada. ¡Y nosotros, que estamos siempre desbordados, con falta de tiempo para leer, escribir, rezar, ir a Misa…!

Fue bueno para mí el estar disponible, “perder” mi tiempo con ellos, ponerme a su escuela, dejarme estorbar en mis programas. Los que me conocen saben que eso no me es connatural. Cuántas riquezas recibidas en estas jornadas banales, vacías. Aún tengo que hacer esfuerzos para no excluirme del festín: “Tengo que hacer esto, o aquello, te ruego que me excuses…” (Lc 14,16-24). “He aquí que estoy a la puerta y llamo… El que tenga oídos para oír que oiga” (Ap 3,20-22)

 

Hay que decir también cómo mi oración desde hace un año está habitada por todos esos rostros encontrados cada día. Me maravillo del proyecto de Dios para cada uno: hacer que cada hombre, aunque esté lo más deteriorado, sea conforme a su Hijo, ser hijos adoptivos por Jesús. Doy gracias por toda esta fuerza interior que unos y otros dejan aparecer en el fondo de sus situaciones a menudo difíciles, fuerza que me dice que el Espíritu está trabajando.

 

Al volver al circuito de las agencias de colocación provisional, de las búsquedas de trabajo, encuentro ahora otro mundo, los esclavos del trabajo precario, los hombres que sirven para tapar agujeros. Me acuerdo aún de ese joven que estaba conmigo esa mañana en una agencia, buscaba un empleo en la informática, presentando un diploma y aceptó una “misión” inmediata de peón en una obra para un solo día.

 

No sé lo que me espera mañana y en los próximos meses pero no quiero quedar cortado de esas gentes despojadas del derecho a un trabajo decente, todas esas gentes a las que se les hace sentir que no se las necesita, que son un peso para la sociedad. ¿Cómo quedarme cerca de ellos si terminase por encontrar un empleo estable? Es bueno en todo caso el haber vivido todo este tiempo con ellos para sentir y compartir lo que deben padecer, para permanecer en adelante fiel a los compromisos y las luchas que me esperan.

Regis

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RÉGIS (37 años) se encontró sin trabajo durante más de un año, en un barrio popular de Lille en donde vive con Marc. Fue la ocasión para un auténtico compartir del que nos habla aquí.

Lille (Francia)

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