Al final y en todo caso, nos encontramos con el corazón prendido, seducidos por Jesús, abiertos al encuentro: más o menos confusamente presentimos que Dios nos llama y que estará ahí, en el camino que tomó Jesús, en el codo a codo con los pobres.

Si alguien siente esta llamada, la Fraternidad le propone de verificarlo y profundizarlo viniendo a vivir con los hermanos: después de algunos encuentros y estancias, si la llamada se precisa, se hace un tiempo de postulantado en fraternidad. El postulante comparte la vida de los hermanos, trabajo a tiempo completo, oración, vida con la gente. Los intercambios con los hermanos le permiten ver más claro y tomar la decisión de comprometerse aún más.

Viene entonces el noviciado que comprende un año de vida común con otros novicios. El ritmo de vida es diferente: trabajo a tiempo parcial, estancias de retiro, intercambios entre hermanos y diálogo con el responsable del noviciado, lectura de la Palabra de Dios, reflexión sobre la vida religiosa y la Fraternidad. Es un tiempo de búsqueda común, de descubrimiento de sí mismo también, un tiempo sobre todo en el que se profundiza el encuentro y la adhesión a Jesús. Al final, el deseo del corazón ha madurado suficientemente: “Sí, es ahí en donde quiero vivir: no sé todo lo que me reserva el porvenir, pero los hermanos se comprometen conmigo y sé que Jesús estará ahí”. Es el primer compromiso por los votos.

Durante el noviciado, cada uno ha podido expresar sus deseos sobre el país o el ambiente humano en el cual le gustaría vivir su vida de hermano. En los intercambios con los hermanos y los responsables, teniendo en cuenta sus deseos y las posibilidades de la Fraternidad, se hacen unas propuestas y, al cabo del año común, el joven puede ir a unirse a una fraternidad ordinaria.

Después de algunos años, habrá un tiempo de formación. Tiempo de estudio de la Palabra de Dios, de escucha de las cuestiones de la humanidad; entrada en la búsqueda que han hecho los cristianos desde el comienzo de la Iglesia para comprender mejor lo que Dios ha dicho de Él y del hombre. Nuevo tiempo de compartir y de búsqueda común, de profundización y de maduración.

Viene más tarde el momento del compromiso definitivo, después de 8 o 9 años de vida en fraternidad. Esta palabra “definitivo” puede parecer temeraria, pero el que hace este proceso sabe que no está solo. Dios, el primero, está ahí y nos llama cada día y nos da su fuerza. Está también la Fraternidad que se compromete, toda ella, a sostener al hermano hasta el fin. Incluso las gentes con las que se vive hacen parte del proceso: han recibido al hermano como a uno de ellos, a menudo gracias a ellos, han encontrado el valor y la alegría, se han ido creando lazos que son un verdadero sostén. Para manifestar esta alianza, el que se compromete definitivamente por los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, puede precisar en qué ambiente humano particular quiere plantar sus raíces para el resto de su vida.

Y la vida continúa…