En el corazón del mundo como buscadores del rostro de Dios, esta vocación hace de nuestras fraternidades unas comunidades de orantes.

 

En cada fraternidad hay un oratorio; cada uno de nosotros pasa un largo momento de silencio todos los días ante la Eucaristía y nos encontramos allí para rezar juntos.

 

Orar es estar cerca de Dios con el corazón abierto, perseverar en buscar su rostro en el silencio, recibirle, dejarle modelar nuestra vida, escuchar su proyecto de vida, tender hacia Él, en la espera…

 

Pero la vida de un hermano supone pasar mucho tiempo con los demás, en el trabajo, en el barrio, en la casa. Y nos gustaría aprender a hacer de todo este tiempo un encuentro con Dios.

 

Porque rezar es también tener nuestro corazón abierto para Dios, buscar su huella entre los hombres, dejarle modelar nuestra vida a través del compartir, el recibir de los demás y marchar hacia Él, paso a paso, con ellos.